Era
ya noche en Judea, contaba un niño pastor cuando al pasar junto a un pueblo un
bebé me sonrió. No fue una sonrisa hueca, ni fue un gesto juguetón. Tampoco
mostraba queja, aunque muy pobre nació. Fue una sonrisa perfecta que… ¡estaba
llena de Amor!
Pero
al verlo tan humilde, durmiendo sobre un cajón, me llegué a sentir muy triste.
Y tan gran pena me dio que, aprovechando un despiste, lo tomé como un ladrón
para llevarlo conmigo y poder darle algo mejor. Cuando, al momento siguiente, su
madre ya no lo vio fue a buscarlo entre la gente, mas tampoco lo encontró. Preocupada
por su suerte casi moría de dolor y llorando dulcemente entre lágrimas cantó:
“¿Quién
apagó las estrellas
llevándose
su color?
¿Quién
nos ha dejado a oscuras
robando
a quien hizo el sol?
¿Quién
prefiere andar perdido
y
no tener Salvador?
¿Quién
se ha llevado a mi Niño?
¿Quién
ha robado al Señor?”
Viendo
que allí lo querían tan bien como lo haría yo, aunque el miedo me vencía, tuve
que hacer confesión:
“Yo
me lo llevé un ratito,
lo
guardé en mi corazón,
para
decirle bajito:
Niño,
te quiero un montón.”
La
madre, con gran alivio, sonriendo respondió:
“Para
hacer eso, cariño,
no
hay que secuestrar a Dios;
basta
con que lo compartas
con
cuanta más gente, mejor.
Y
que, allá donde tú vayas,
hagas
bien y des amor.”
Yo,
que aún era pequeño, aprendí bien la lección. Y desde entonces recuerdo que ese
Niño, que era Dios no solo me amó primero, sino que me hizo mejor.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario